Ziad

El escritor Roc Casagran describe los sueños de Ziad, un niño de 13 años, que algún día inaugurará una exposición de fotografías en Catalunya.

Hoy Ziad está envuelto de periodistas culturales que lo cosen a preguntas porque inaugura una exposición en Barcelona, y es la primera vez que su obra puede verse en Catalunya, después de haber pasado por París, Londres, Berlín, Nueva York y un larguísimo etcétera.

La carrera del joven fotógrafo ha sido meteórica, y ya hace unos años que se lo disputan las mejores salas de arte contemporáneo. Los críticos dicen que sus fotografías están llenas de verdad, que remueven consciencias, y que combinan a la perfección la denuncia social y un trabajo técnico excelente. Pero no sólo la crítica lo adora, sino que también el gran público lo sigue con entusiasmo, y cabeceras de todo el mundo lo contratan para ilustrar revistas y periódicos.

Y hoy que está en Catalunya, eufórico por poder inaugurar la exposición La Fotografía que lo dice todo, concede una rueda de prensa multitudinaria. Ha saludado con cuatro palabras en catalán y eso le ha hecho ganar muchos puntos. “¿Cómo es que habla un poco de nuestra lengua?”, le pregunta una periodista. Y a partir de aquí, arranca su discurso y ya no hay quien lo pare.

Aprendió cuatro frases en catalán en un campo de refugiados. Allí coincidió con muchos voluntarios catalanes, y justamente uno de estos, Guillem, fue quien le dejó por primera vez una cámara. Se aficionó, lo distraía de esa rutina angustiosa y sin futuro. Lo fotografiaba todo. Al principio, con un criterio escaso, pero poco a poco fue aprendiendo a encuadrar correctamente, a buscar el instante exacto, o centrar el foco justo allí dónde le interesaba para que la fotografía ganara fuerza.

Guillem también era fotógrafo, y algunas tardes se sentaban en un rincón sombrío y observaban y comentaban el resultado. Y Guillem le daba ideas y consejos en un inglés bastante simple para que Ziad de 13 años que prácticamente no había asistido a la escuela (la guerra, la huida eternísima…) lo pudiera entender. Y Ziad lo escuchaba, ansioso por aprender. Y soñaba en un mañana posible. “Y de eso, todo esto de ahora”, acaba sentenciando, con Guillem en la última fila de la sala, con los ojos húmedos de tanta emoción, embelesado en este hoy que no es más que una fantasía.

Porque realmente el hoy no es así, y Ziad continúa teniendo 13 años y permanece recluido en uno de estos ignomiosos campos de refugiados que llenan Grecia. Está allí con parte de la familia, después de haber tenido que huir de Siria, después de andar mucho sin mirar atrás, después de haber cruzado el mar en una barcaza de mala muerte, después del odio. Y después del después llegó Grecia, y estuvo muy a punto de cruzar la frontera y meterse en la Europa con la que soñaba (y soñamos). Y hace ya un montón de meses que duerme en una tienda dentro de un hangar, que come cáterin de hospital, que mea, caga y se ducha en un polyklyn. Y que mata las horas como puede con sus amigos: Nour, Ahmed, Doulovan, Mohamed… Y de vez en cuando, se reencuentra con Guillem y la cámara. Y hace fotos, muchas fotos, clavado en el diminuto espacio entre fronteras dónde le han condenado, muros inexpugnables, humanos olvidados, humanidad olvidada. 

 

Texto
Roc Casagran

Ilustraciones
Marta Bellvehí