Un trago amargo de esperanza [y algunos datos casi objetivos]

Tres ONG vigilan las playas de Mitilene, en Lesbos, para dar atención inmediata a las personas refugiadas que llegan en barca

Ayer conocí a unos chicos de Sevilla que han dedico las vacaciones a mirar el mar. Cada noche, en grupos de tres, con gente de otros lugares, van a las playas cerca de Mitilene y miran el horizonte buscando barcas procedentes de Turquía.

[Ahora mismo hay tres ONG dedicadas a vigilar la costa norte de Lesbos —ERCI, Lighthouse Refugee Relief Lesvos y Proactiva—, además de los guardacostas griegos y turcos y los barcos de FRONTEX. Según el tratado de la UE con Turquía, la obligación de los turcos es impedir que las barcas salgan de las aguas turcas, pero a menudo se hacen el sordo. Las ONG velan para que nadie se ahogue. FRONTEX, según el rato, deja que se ahoguen o los recoge. Pero esto ya lo hemos visto en los vídeos.]

Las playas de Mitilene son rocosas, escarpadas. La silueta de Turquía, al otro lado del mar, preciosa. Tan cerca que da la sensación que se puede llegar nadando. ¿Cómo se verá Lesbos desde el otro lado? En un día tranquilo y sin viento, como hoy, de sol radiante y brisa suave, ¿de qué color será el espejismo de un futuro posible?

[Las barcas no siempre cruzan buscando el trayecto más corto, que en un día de mar tranquilo dura poco más de dos horas. En la costa turca, se llega al punto de salida que ofrece el viaje más corto solo por dos carreteras, que la policía puede decidir cortar los días que no quiere que pase nadie. No se sabe por qué no las cortan siempre. ¿Pocos recursos y mucho trabajo? ¿Sobornos jugosos? ¿Desidia? Esto no lo hemos visto en los vídeos.]

Los chicos de Sevilla, jóvenes y bellos y llenos de esperanza, miran el mar y cuando ven una barca que creen que tiene problemas, avisan a los guardacostas. La idea es que nadie se ahogue, que nadie se despeñe contra las rocas.

[Cada ONG tiene sus protocolos de recibimiento, pero todos implican ofrecer asistencia médica a quien le haga falta, ropa seca a todo el mundo y, si la policía lo permite, té o café caliente y unas galletas. ACNUR tiene un campamento de primera acogida donde, además, pueden cargar los móviles. El móvil y la documentación son las posesiones más valiosas que tienen y las guardan contra el pecho todo el viaje.]

Cada noche llega alguna barca cargada de gente joven y bella y llena de esperanza. Están cansados, viajeros y vigilantes, pero cuando los de la barca llegan a la orilla sin incidentes, hay un rato de euforia que no tiene en cuenta nada más que el momento de triunfo. Los que viajan han llegado vivos. Los que vigilaban los han ayudado. Y todo el mundo está eufórico un momento, ignorando el centro de Moria adonde irán enseguida los recién llegados para registrarse. Ignorando los meses que los esperan malviviendo en una tienda. Ignorando que tenemos las fronteras cerradas.

[Podríamos pensar que quien cruza a Lesbos desde Turquía viene de los países vecinos, principalmente huyendo de la guerra de Siria, pero muchos de los migrantes vienen de sitios tan inverosímiles como Bangladesh o la República Dominicana. No se sabe por qué hacen un viaje tan largo y tan complicado. Algunas mujeres han conseguido escapar de las mafias que las prostituían y no quieren dejar rastro. Otras vienen andando desde el Congo.]

Es bello, este momento de la llegada, cuando llegan vivos y llenos de esperanza.

[El 46 % de los migrantes que llegan a Grecia son niños, la mayoría acompañados de sus madres, algunos con toda la familia. Los hombres son minoría. En la entrada del campo de primera acogida de Lighthouse Refugee Relief Lesvos hay un cartel que les aconseja que no se separen ni tan solo en las furgonetas de la policía, ya que podrían no volver a encontrarse. Pueden llevarlos a campos separados, pero también hay el peligro de que los menores sean secuestrados. La mitad de las niñas que no emprenden el viaje no llegan a destino. No se sabe cuántas son vendidas por la familia como pago del pasaje ni cuántas son secuestradas por mafias diversas.]

Es amargo, después, visitar Moria con los chicos sevillanos. Ver las vallas, la gente con poco que hacer, las tiendas de campaña amontonadas entre barracones. Las mujeres cocinando en fuegos improvisados en cualquier rincón, los hombres jugando a las cartas.

[El campo de detención de Moria está situado en una antigua prisión que hasta hace poco estaba abandonada. Desde el 20 de marzo, cualquier persona que llega de manera irregular a Grecia ya no es refugiada, sino delincuente. En el campo de detención los registran y pueden empezar el papeleo para pedir asilo, si entienden la lengua y conocen sus derechos. Mientras les aceptan o deniegan la petición, que es un proceso que en el mejor de los casos dura unos cuantos meses, son colocados en campos de concentración como el de Moria, que tiene una capacidad teórica para 2000 personas pero acoge muchas más. Depende de quién dé la información, son 2500, 4000, 4500,... Demasiada gente en muy poco espacio, en todo caso.]

Es amargo ver los ojos de los tres chicos de Sevilla, jóvenes y bellos, cara a cara con la inhumanidad de la prisión de Moria. Es amargo ver reír a los niños, verlos perseguirse, verlos aferrársete. Abrázame, cógeme, llévame contigo. Llévame a tu casa, donde sea, y déjame ser tuyo. Déjame ser como tú, sácame de aquí. Es amargo sonreírles, ofrecerles una galleta, decirles que no puede ser.

[Los migrantes que hablan inglés tienen más contacto con los voluntarios y, por lo tanto, más acceso a privilegios como un caramelo o una pastilla de jabón. Todos los niños aprenden pronto a decir las cosas básicas: «my friend», «me with you», «you come to my tent», «I love you». Los más extrovertidos, los más simpáticos, los más vivos, tienen más posibilidades de conseguir ayuda para su familia. En los campos, esto es básico.]

Esta noche miraré el mar y los sabré allí, unos vigilando el horizonte, los otros llegando en barca. Alimentando la esperanza más amarga.

[Podría daros más datos, más argumentos, más motivos. Hay muchos. Pero en el fondo, lo que cuenta de verdad es si queremos ser humanos o queremos continuar llenando campos de concentración.]

Texto 
Bel Olid

Fotografía 
Laia Altarriba