Los últimos días de Idomeni

En la frontera de Grecia con Macedonia, el campo de refugiados más numeroso se consolidaba como pueblo a pesar de los esfuerzos que el gobierno ya hacía para desmantelarlo.

Mamon Hassan se pasea cada mañana por las vías del tren de Idomeni. Coge un trozo de cartón y escribe una frase. Hoy dice: “Nuestra vida aquí es como Prison Break”, aquella serie de inocentes en el corredor de la muerte. Le pide a alguien que le haga una foto con el cartel y la cuelga en un mural. Y, a continuación, continúa vagando sin rumbo por las vías abandonadas.

La estación está cerrada hasta nuevo aviso. La compañía griega de transportes ha cancelado todos los trenes de la línea que une Tesalónica con Belgrado, pasando por Macedonia, y ha puesto en marcha unos autobuses de sustitución para cubrir la ruta. Un tren azul y viejo se quedó atrapado sobre las vías, y un grupo de personas se ha instalado en él. Tienden la ropa en las ventanas y duermen entre los asientos. Su casa es un tren parado.

 

Idomeni es poco más que una parada de tren en la frontera entre Grecia y Macedonia. En el pueblo viven apenas 150 personas en casas dispersas y al pie de la carretera que da acceso a la estación. En una de estas casas vive Panagiota Vasileiadou, una mujer de 82 años que se ha ganado el sobrenombre de la abuela de los refugiados. Recuerda que ella misma es hija de refugiados, porque sus padres tuvieron que huir a Turquía, y que le quemaron la casa durante la Segunda Guerra Mundial. Acoge a cinco personas en casa, les hace la comida y la cena cada día y estira todo los que puede los 450 euros que cobra de pensión.

 

 

 

El bar del wifi

A pocos metros de las casas se encuentra la cantina de la estación. Los trenes no circulan, pero el bar nunca había estado tan lleno. Un matrimonio griego sirve bocadillos y refrescos, pero el principal reclamo es el wifi, y los enchufes no dan abasto para cargar tantos móviles. Las mesas están llenas de jóvenes conectados con ansia de saber. Consultan las últimas noticias que llegan de Europa e intercambian mensajes con los amigos y familiares que tienen en los campos oficiales. “El gobierno griego no es consciente de que las personas refugiadas tienen WhatsApp”, explica una voluntaria. Por el campo circula una carta con el sello del gobierno que recomienda salir de Idomeni e instalarse en los campamentos militarizados. Pero los que ya están allí envían mensajes a los de Idomeni para convencerles de que se queden.

Idomeni es la resistencia. Si las personas refugiadas se van, se vuelven invisibles. Y esta parece ser la estrategia de las autoridades: diluir el drama humanitario, que en Idomeni es tan flagrante, en un entramado de pequeños campos controlados por el ejército. Repartirlos por todo el país y fragmentarlos hasta que ya no se vean. En los campos militares hay un registro oficial y unos horarios de entrada y salida, la prensa no puede entrar y solo se acepta la ayuda de las grandes organizaciones humanitarias internacionales: los voluntarios independientes tienen prohibido el acceso.

En Idomeni, los reyes son Médicos Sin Fronteras. Pagan el alquiler al propietario del campo, reparten la comida y la cena, tienen instaladas unas grandes carpas con literas para las personas que ni siquiera tienen tienda de campaña y han contratado un servicio de limpieza con personal griego que trabaja noche y día para tener el campo en unas condiciones mínimas de salubridad.

Pero, sin los voluntarios independientes y las pequeñas ONG, Idomeni sería insostenible. Personas venidas de toda Europa entran en el campo y preguntan en qué pueden echar una mano. Un grupo de cuatro bomberos catalanes les pide ayuda para distribuir dos toneladas de verdura fresca cada día. Necesitan una veintena de voluntarios. Hay otro grupo de bomberos de Murcia, y uno de Navarra, que distribuye leña para hacer fuego. Explican que, en los últimos días, han notado más presión por parte de las autoridades griegas para controlar su actividad. A los catalanes, les ha parado la policía para pedirles las facturas, y a los navarros, les han puesto pegas para meter la leña en el campo.

 

Colaboración entre el voluntariado

Marc Andreu, bombero del Equipo de Rescate en Emergencias de Cataluña (EREC), explica que “enseguida” vieron la necesidad de coordinarse con las otras organizaciones: “Todos somos bomberos, hacemos trabajos parecidos y, en la logística, la colaboración puede ser interesante”, explica. Pero voluntarios de otras organizaciones dicen que “Idomeni es un caos”, porque “no hay comunicación entre las ONG, y cada una hace el trabajo por su cuenta”. Surgen las descoordinaciones y las duplicidades. En un extremo del campo, por ejemplo, hay dos consultas médicas, la una junto a la otra. Y, para cada cosa, hay que hacer una cola diferente.

Las colas son la desesperación de Idomeni. Ibin tiene 27 años, es de Alepo, en Siria, soñaba con ser abogada y ahora hace cola para conseguir leche y galletas para sus dos hijos: “Las colas son la rutina diaria: por la mañana, para desayunar, a mediodía, para comer, y cada vez que tengo que ir al lavabo”.

Aziz tiene 23 años, es sirio, de Homs, y quiere llegar a Suecia. Mientras hace cola, se pregunta: “¿Dónde está la humanidad de Europa? Nos dijeron que en Europa había humanidad, pero no la vemos por ninguna parte”. La cola de la comida tiene una reja a ambos lados y un tejado: es una jaula. “Somos humanos y no animales”, se queja Aziz.

Idomeni está lleno de abogados, profesores, periodistas e ingenieros. Allí malvive una clase media de Siria, que es la única que ha podido pagar las barbaridades que reclaman las mafias para saltar de frontera en frontera. Y hay algo muy sorprendente en el campo de refugiados: no se ven maletas. Las personas que han conseguido llegar allí han viajado ligeras de equipaje, muchas de ellas porque subieron en botes o barcazas para atravesar el estrecho que separa la costa de Turquía de la isla griega de Lesbos.

Los que todavía tienen ahorros piensan cómo les pueden ayudar a continuar el camino. Un joven sirio explica que tiene 1.000 euros en el banco y que un contacto de Atenas le pide 3.000 para hacerle un pasaporte falso. Está convencido de encontrar donde sea los 2.000 que le faltan y probar suerte. Tiene un hermano en Alemania y quiere ir hacia allí. En Idomeni vive con sus padres. Ellos se quedarán en un campamento militar hasta que puedan tramitarles el reagrupamiento familiar. Otra familia rota.

 

Junto a la vía del tren hay una pista asfaltada. Se ha convertido en la calle mayor de Idomeni. Por allí pasean hombres y mujeres arriba y abajo, y a su alrededor se ha establecido un intento incipiente de mercadillo. Hay paradas de comida y bebida, de ropa y de tabaco, y un punto de venta de faléfeles. Un hombre ha puesto una caja de cartón en el suelo, la ha tapado con un trapo y encima tiene tijeras y peines: es el peluquero de Idomeni. De algún modo está naciendo una economía local. Esto ya no es un campamento para un día, empieza a ser un pueblo bien establecido.

Los fuegos que desprenden gases

A la hora de cenar se encienden fuegos de punta a punta del campo. Cuando hay llama, son para calentarse y matar el frío. Cuando solo quedan las brasas, sirven para cocinar. Las personas refugiadas queman lo que tienen a mano. Si hay leña, perfecto, pero si no, queman trozos de plástico, prendas de ropa o varillas viejas de las tiendas de campaña. “Esto desprende gases que irritan las vías aéreas y los ojos y producen otitis”, explica Miquel Farrés, un médico de Terrassa que ha llegado a Grecia como voluntario independiente. En Idomeni, la población es muy joven, porque la gente mayor se ha ido desplazando a los campos militares y, por eso, la mayoría de las patologías que presentan las personas refugiadas son leves. “Pero hay muchos problemas musculares y articulares, fruto de vivir y dormir cada día en tiendas de campaña, y hay muchas lesiones relacionadas con el tránsito de la frontera: hay personas que han intentado saltar la valla y se han hecho cortes o dado golpes”, explica.

Otra médica, Lara, trabaja para Team Humanity, una ONG internacional fundada expresamente para atender la crisis de los refugiados. Pasa consulta en una tienda médica en Idomeni y dice que, más allá de las enfermedades, mucha gente va al médico “más bien porque necesita tener un lugar donde sentarse, explicar su situación y sentirse escuchada”. “Aquí hay una frustración y una tristeza inmensas, pero al mismo tiempo una expresión constante de gratitud. Mucha gente me dice ‘Ya sabes donde está mi tienda’, y a mí, esta frase me rompe el alma, porque es cómo si me abrieran las puertas de casa personas que no tienen casa”, relata.

Y, después, están los niños. Se calcula que el 40% de la población de los campos de refugiados griegos es infantil. Unos 200 niños y niñas entran cada día en el Centro Cultural de Idomeni, una jaima convertida en madrasa ("escuela", en árabe). El resto, unos cuantos millares, no reciben ningún tipo de formación y pasan mañanas y tardes jugando y corriendo entre las tiendas. “No podemos correr el riesgo de crear un dolor permanente a una generación entera”, explican Dídac, Maisda y Xabi, los tres fundadores del proyecto. Advierten que el centro es una “burbuja”, pero también dicen que, “en situaciones de emergencia, las burbujas son muy necesarias para los niños”. Las clases las dirigen personas refugiadas que ya ejercían de maestros en sus países.

Y, de vez en cuando, reciben visitas de músicos, payasos o artistas como la ilustradora catalana Lara Costafreda, que estuvo allí a principios de mayo para impartir un taller de dibujo. “Lo que más impacta es que los niños llegan siempre con una sonrisa y que te quieren abrazar todo el tiempo”, recuerda.

En la salida del campo hay dos o tres autocares aparcados de forma permanente. Son de la empresa Crazy Holidays (“Vacaciones locas”) y están listos para trasladar a las personas refugiadas a los campamentos oficiales. Nadie se ha dado cuenta de la obscenidad del cartel. Por el lado, pasa un grupo de jóvenes, cargado cada uno con una mochila. Está oscureciendo y empiezan a caminar en dirección a Macedonia con la intención de atravesar la frontera a escondidas. Avanzan hacia el corazón de Europa, que para ellos sigue siendo el único futuro posible.

Texto
Xavi Rosiñol

Fotografías 
José Antonio Rodríguez

Foto 1: Las tiendas del campo de Idomeni se esparcían incluso entre las vías del tren, que estaban cortadas
Foto 2: Dos niños juegan a la cuerda junto al último tren que pasó por Idomeni y que se quedó parado en medio del campo de refugiados
Foto 3: Una pintada en una tienda reclama la reubicación (“We want to go to Germany”, [“Queremos ir a Alemania”])
Foto 4: Una jaima abriga el Centro Cultural de Idomeni, que es una escuela y un espacio de ocio infantil para los niños y niñas del campo