Ceuta: las migraciones invisibles

30.000 personas cruzan diariamente la frontera entre España y Marruecos, pero hay muchas más atrapadas detrás las cuchillas y otras que pierden la vida en el mar

La carretera que va de Tánger a la ciudad autónoma ceutí es sinuosa y ondulante. Los paisajes están prácticamente desnudados. Hay poca vegetación, a parte de algunos pequeños bosques de eucaliptos que se ven en la lejanía. En algunos tramos del trayecto de poco más de 75 kilómetros, la vía bordea el mar. Y mirarlo, en este punto concreto de la geografía, hace daño. La distancia que separa África de la Europa soñada es poca. Es corta. Es visible desde la banda marroquí. Son 14 kilómetros que parecen accesibles. Y así lo perciben los centenares, los miles de subsaharianos que desde hace más de una década se lanzan al agua con embarcaciones neumáticas, peligrosamente precarias, en busca del paraíso imaginado. La placidez de un mar aparentemente dócil es un espejismo. La zona del estrecho, donde se mezclan el Mediterráneo y el océano Atlántico, tiene unas corrientes fortísimas que chupan como un embudo.

Después de una hora en taxi, un equipo de El suplement de Catalunya Ràdio con Ricard Ustrell y Guillem Cabra llegamos a la frontera que separa Marruecos de territorio español. Dependiendo de los países, los lugares de tránsito acostumbran a ser caóticos y ruidosos. Pienso, por ejemplo, en la frontera entre el Senegal y Gambia. Asfixiante. Esta no es una excepción. Pasan diariamente unas 30.000 personas hacia un lado y otro. A pie o en coche. Los cláxones estridentes de las decenas de taxis marroquíes que esperan clientela se mezclan con los gritos de los que se ofrecen a ayudarte a cambio de unos dírhams, con la cantinela de los que quieren venderte algo o con los jadeos de las portadoras.

Mujeres esclavizadas trajinan chatarra de un lado a otro de la frontera

Mujeres de hierro forjado con la espalda doblada hasta las rodillas que cargan fardos de entre 60 y 90 kilos con ropa, zapatos, mantas, comida o chatarra. Todo este material lo sacan de un polígono industrial ceutí para transportarlo hacia zona marroquí. Cabe cualquier cosa, en este cúmulo de paquetes en equilibrio. Marruecos no reconoce el paso ceutí como frontera comercial. Esto imposibilita las exportaciones y lo que tendrían que traer los camiones lo cargan estas mujeres de acero, esclavizadas. Y lo hacen como equipaje de mano sin limitación de peso ejerciendo un contrabando tolerado. Por cada trayecto cobran unos diez euros. Bestias de carga. Víctimas de la frontera.

La frontera del Tarajal, en Ceuta, se amontonan personas reclamando que las dejen pasar

 

Una vez pasado el primer control de acceso marroquí, nos plantamos a los accesos de la aduana española. A la reja se amontonan decenas de personas con los brazos en alto, reclamando con insistencia que los dejen pasar. No hace falta saber la lengua para saber qué quieren. El contexto y la gestualidad son tan evidentes, que los mensajes llegan sin la necesidad de un traductor. Ante ellos, un agente de policía impertérrito a las demandas. Cuando nos ve, nos señala la manera de pasar. Tenemos el pasaporte. Tenemos libertad de paso.

Atravesamos un pasillo estrecho y enrejado, y en pocos minutos pisamos territorio español. Somos al Tarajal. Allá nos espera Alfonso Cruzado, responsable de Comunicación de la Guardia Civil de Ceuta. Un hombre apacible, con una experiencia de 28 años al cuerpo, que cumple órdenes. Alfonso nos trae hasta el muro.

Es un día gris y lluvioso en Ceuta. Y el agua cae con rabia cuando nos paramos ante la valla dentro de un coche de la benemérita. Un doble hilado metálico de seis metros de altura y ocho kilómetros de longitud, abarrotado de sensores y cámaras de seguridad. Salimos del todoterreno y, bajo la lluvia colérica, levantamos la vista y vemos los alambres con cuchillas, que cortan la piel y los sueños de los que huyen de la guerra y de la miseria.

Un doble hilado metálico coronado con concertinas separa España del Marruecos

 

Alfonso Cruzado habla de sentimientos, “todos tenemos familia e hijos”, dice. Pero también invoca el deber de cuando los agentes del cuerpo tienen que hacer frente a los intentos desesperados de los que quieren atravesar la verja. La ley se impone a la empatía. Recuerda que la imagen más demoledora que ha visto es la de una mujer prácticamente a punto de parir que lanzaron desde lo alto de la valla. Un compañero del cuerpo pudo parar el golpe contra el asfalto.

Ommar, agente de la Guardia Civil: “Las vallas y los muros no son la solución”

Ommar Mohamed también es guardia civil. Hace 20 años que pertenece al cuerpo. Y también cumple órdenes. Pero su discurso es menos eufemístico que el del agente Cruzado. Ommar es el secretario general de la delegación ceutí de la Asociación Unificada de Guardias Civiles. Mientras tomamos un café conversamos sobre cuales tendrían que ser las iniciativas para parar el drama humanitario. Y, firme, nos responde que las fronteras, las vallas y los muros no son la solución. Para evitar éxodos mortíferos, es partidario de invertir en los países de origen el dinero que se destinan a la seguridad y a la vigilancia. Ommar es crítico con las políticas que obligan a devolver a territorio marroquí y sin ninguna garantía legal los subsaharianos que han conseguido pasar. Y nos explica el caso de un chico que se estuvo veintiuna horas encaramado a la valla. Resistiendo en equilibrio. Combatiendo el hambre y el sueño. Una vez consiguieron hacerlo bajar, lo enviaron directamente hacia Marruecos. Son las llamadas “devoluciones en caliente”, una política que infringe la ley y la vida. El agente baja los ojos y con la boca pequeña reconoce que, si hubiera estado en sus manos, habría premiado la tenacidad de aquel joven exhausto saltándose los protocolos establecidos. “Primero, pero, el deber. Si no, no sería guardia civil”, concluye.

El regreso a Marruecos no lo quiere nadie. Allá la policía hace batidas contra los subsaharianos que esperan en las montañas la oportunidad de poder saltar. Y estas batidas son de una violencia extrema. No hay piedad. Las autoridades marroquíes los golpean brutalmente, hay quienes mueren apaleados. Se lo quitan todo. El dinero. El teléfono. La ropa. Los zapatos. Desnudos y sin nada. Heridos en cuerpo y alma. Esto, los que consiguen sobrevivir.

Ommar, igual que Alfonso, ha visto escenas durísimas a pie de valla. Cortes, fracturas, heridas, cicatrices, llantos, desesperación. En la cabeza todavía le resuenan los gritos de auxilio de dos niños que se ahogaron a pocos metros de la valla. “No pudimos hacer nada. Era oscuro y la zona del Tarajal es muy rocosa. Tengo sus gemidos grabados al corazón.”

El mar es otra valla. La más mortífera. Y esto nos lo corrobora Germinal Castillo, responsable de Prensa de la Cruz Roja ceutí, con quien nos encontramos en el bar del Institut Almina. “El Estrecho de Gibraltar es la fosa común más grande de Europa”, sentencia. Hace casi 20 años que trabaja en la organización y dice que es imposible acostumbrarse a una realidad de estas características. “El día que me acostumbre, lo dejaré.”

La Cruz Roja atiende 30 personas cada semana, llegadas por mar

La Cruz Roja atiende cada semana unas 30 personas que han llegado por mar en barcas de juguete, o que han saltado la valla con todo tipo de inventos, como por ejemplo calzarse las manos con unas zapatillas deportivas con clavos para conseguir una escalada más efectiva y evitar las concertinas. Germinal denuncia que Ceuta vive una inmigración invisible, que pasa desapercibida: “Qué son 30 personas semanales ante los millares que llegan a través de Italia o los que están estancados en Grecia?” La cifra es baja, pero el goteo, constante. Germinal habla desde las entrañas. Es alguien que vive para ayudar los otros. Salva vidas que ya vienen rotas. Es un trabajo duro, pero se siente realizado. “Cada momento es único. Una mirada, un abrazo, un ‘gracias’. Esto lo es todo, y no se olvida nunca.”

La lluvia no amaina y empieza a hacerse oscuro. A la puerta del cementerio de Santa Catalina nos espera Martín Zamora, que es enterrador. Lleva una gabardina azul, con el cuello levantado y exhala con fuerza los restos de un cigarrillo. Seguimos su sombra alargada a través de las calles de esta ciudad del silencio. Parado ante una hilera de nichos nos señala los de la parte superior, que, a diferencia de los de abajo, no tienen nada. Ninguna inscripción. Ningún nombre. Ni una sola flor. Sólo cemento. “¿Veis los de arriba? ¿Los que no tienen nombre? Son los de los subsaharianos que han muerto en el mar.” Nadie sabe quién son. Nadie los ha reclamado. Son vidas tragadas, desaparecidas. Personas sin identificar en nichos desnudos. Enterradas sin saber quién fueron, como se llamaban, de donde venían, qué sueños tenían. En el cementerio de Santa Catalina hay cuarenta tumbas donde reposan los despojos y los sueños de los que lo arriesgaron todo por una vida digna y en paz. En las profundidades del Mediterráneo hay miles.

El cementerio de Santa Catalina, hay nichos sin nombre para los que han cruzado el mar y no tienen quién los entierre

 

Maite Pérez habla deprisa y con convicción. Hace de voluntaria en la Asociación de Inmigrantes San Antonio. Una entidad que depende de la diócesis de Cádiz y que trabaja en la acogida, atención y formación de estas personas. Les enseñan castellano, reciben talleres de relajación, hacen cursos sobre prevención de la violencia de género. Crean espacios de intercambio y de diálogo. Con Maite nos resguardamos en un bar cercano en el centro ceutí. Hace diez años que está implicada en el proyecto y ha visto de todo. Las cicatrices exteriores y las heridas interiores, que son las que más cuestan de encontrar. Nos explica que lo que les es más difícil de asumir es la muerte de un familiar. La distancia es letal. La añoranza, máxima. La impotencia, infinita. El trayecto hasta pisar Europa ha sido tan duro que les es imposible dar marcha atrás. Ni siquiera para ir al entierro de la madre, del padre o del hermano. A la asociación van cada mañana jóvenes de entre 18 y 35 años. Subsaharianos y algún marroquí que duermen en el CETI, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes. Las mujeres no acostumbran a ir. Maite nos explica que, una vez más, son el eslabón más débil y el más castigado. Su vulnerabilidad la aprovechan las mafias. Su viaje hasta pisar territorio comunitario está lleno de horror. Muchas son violadas o esclavizadas. Otros las asesinan y las abandonan en el desierto. Víctimas de la frontera.

“Supervivientes con una voluntad de hierro”

Con los pies mojados, entramos en la sede de El Faro de Ceuta. Carmen Echarri, la directora, hace un rato que nos espera. Es una experta en temas migratorios. Es clara, pedagógica y contundente. Conoce los nombres y las vidas de los que han pasado por el CETI y ahora están en centros de acogida en la península. Y cuando los recuerda se le humedecen los ojos. “Qué queréis que os diga? Son personas fantásticas y agradecidas. Son supervivientes con una voluntad de hierro.”

En su último ensayo, “Desconocidos en la puerta de casa” (Editorial Arcadia, 2016), el sociólogo Zygmunt Bauman escribe que “las personas foráneas tienden a causar angustia precisamente porque son desconocidas y, por lo tanto, son imprevisibles y temibles, a diferencia de las personas con las cuales interactuamos cada día. De los desconocidos sabemos pocas cosas para poder interpretar bien sus tácticas y adivinar qué intenciones tienen. Y no saber qué tenemos que hacer crea angustia y miedo”.

Por eso Carmen lo tiene claro. Querría que todo el mundo los visitara en el CETI, los mirara a los ojos y escuchara su historia. Sólo con el conocimiento mutuo se eliminan los estigmas.

Nadie se quiere quedar en Ceuta. Ceuta, igual que Melilla, es un lugar de paso. El antropólogo francés Marc Augé acuñó el concepto del no-lugar para referirse a aquellos espacios que destacan por el hecho de ser lugares de tránsito, volátiles. Por ejemplo, los aeropuertos, las áreas de servicio de las autopistas, los grandes centros comerciales. Ceuta quizás sería esto, un no-lugar, una vía de paso antes de retomar el camino hacia la Europa bunquerizada. El paraíso no existe y en Ceuta ha dejado de llover.

 

Texto

Mercè Folch

Fotografías

Guillemos Cabra

Corrección

Marta Xufré